Revista de ArteS
Buenos Aires- Argentina
N° 24
Enero/Febrero

2011

 

 

 

 

 

 

 

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INDICE TEMATICO GRAL.

 

Kader Abdolah

(Irán, 1954)

Kader Abdolah (Irán, 1954) estudió Física en la Universidad de Teherán. Participó en la resistencia estudiantil contra el sha y, más tarde, contra el régimen del ayatolá Jomeini. Redactor de un periódico clandestino, tuvo que huir de su país en 1988 y encontró asilo político en Holanda, donde vive desde entonces. Si bien su verdadero nombre es Hossein Sadjadi Ghaemmadami Farahani, adoptó el de Kader Abdolah en homenaje a un amigo de la resistencia que fue asesinado. Autor de dos novelas y dos libros de relatos, escritos en holandés y ganadores de distintos premios, El reflejo de las palabras es su quinta obra publicada. Colaborador regular del diario más importante de Holanda, De Volkskrant, y galardonado con el Dutch Media Prize por sus columnas periodísticas, Abdolah es uno de los autores más destacados de los Países Bajos, y su obra se está traduciendo a varios idiomas.

En El Reflejo de las palabras, su relato apela a fuertes simbologías de la cultura persa, encarnadas por su familia y su propia experiencia personal alrededor de una cueva sagrada escrita con antiguos caracteres cuneiformes, en la montaña del Azafrán, fronteriza con Rusia. Con ellos, su padre analfabeto aprendió a escribir un lenguaje incomprensible. La cueva fue cerrada durante la campaña modernizadora del Sha de Irán, reabierta con la revolución de los clérigos que llevó al poder al ayatollah Jomeini, y la montaña fue un paso clandestino para los militantes comunistas que lucharon contra ambos dictadores, entre ellos, el propio autor del libro.

El reflejo de las palabras

Fragmentos

La aldea de Akbar quedaba en una comarca muy apartada donde nunca sucedía gran cosa. Allí no se encontraba ni rastro del mundo moderno. Ni una bicicleta, ni una máquina de coser.
Un día, se hallaba el pequeño Akbar en un prado de la montaña con las ovejas de su hermano, que era pastor, cuando de repente el perro se encaramó a un peñasco y se quedó mirando fijamente hacia arriba.
Era la primera vez que un avión sobrevolaba la aldea. Quizá fuese incluso el primero que surcaba el espacio aéreo persa.
Más adelante, esos artefactos fueron apareciendo con cierta frecuencia en el cielo. En esas ocasiones, los niños subían a los tejados y entonaban a coro esta canción:

¡Hola, curioso pájaro de hierro!
Párate un momento a descansar
en el viejo almendro de la plaza.

— ¿Qué cantan? —le preguntaba Akbar a su madre.
—Le dicen a ese pájaro de hierro que se pose en el árbol.
— ¡Pero eso es imposible!
—Sí, ya lo saben, pero fantasean.
— ¿Qué significa fantasear?
—Lo mismo que pensar. Ellos ven en sus cabezas que ese pájaro viene a posarse en el árbol.
Cuando su madre no era capaz de explicarle una cosa, Akbar sabía que tenía que dejar de preguntar y aceptarla tal cual era.

 

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Entonces desmontaron, Kazem Kan encendió una lámpara de aceite, y se internaron en el interior de la cueva, tirando de las mulas.
—Vamos, sígueme.
—¿Por qué te adentras en lo oscuro? —gesticuló Akbar.
—Ten un poco de paciencia. ¡Mira! ¡Allí! ¡Allí arriba! —dijo sosteniendo en alto el farol—. ¿Lo ves?
—¿Qué debo ver? No veo nada.
—Espera, buscaré un palo.
Kazem Kan se puso a buscar, pero no halló ninguno.
—Toma, sujeta un momento las riendas.
Se montó en la mula y alzó la lámpara.
—¿Lo ves ahora? Eso grabado en la pared. Desde allí lo verás mejor. Ahora espera a que baje. Presta atención. ¿Sabes qué es? Una carta. El relato de un rey, un rey admirable. Antes nadie sabía leer ni escribir. El papel no existía aún. Por eso, el rey ordenó que sus palabras fuesen esculpidas en la roca de esta cueva. Todos esos forasteros que suben hasta aquí vienen a leer su historia. Saca el cuaderno y la pluma. ¡Anda! Yo sujetaré a la mula. Súbete al lomo. Eso es, arriba. ¡Venga! ¿Estás bien firme? ¡Mira, cuelga ahí la lámpara! Así lo verás mejor. Y ahora apunta, fíjate bien en el texto, en todas esas palabras esculpidas en escritura cuneiforme, y cópialas una por una en el papel. Vamos, comienza. No tengas miedo, que yo me encargo de la mula. ¡Apunta!
Independientemente de que hubiese entendido bien la intención de su tío, Akbar empezó a copiar el texto. Mirándolo con atención, trató de reproducir en su cuaderno, uno por uno, todos los signos. Tres páginas en total.

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Un buen día pedí prestado un proyector de películas. Al caer la noche, cuando salió la luna llena y mi padre se disponía a trepar hasta la azotea por la escalera de mano, lo agarré de la manga y le dije:
—¡Ven aquí! Voy a enseñarte algo.
Él se resistió; quería ir a ver su luna.
—Escúchame, no hace falta que subas al tejado. Te tengo preparada una luna en el cuarto de estar.
No entendió.
—La luna —le indiqué por medio de gestos—. La he metido en ese aparato. Para ti. ¡Ven a mirar!
Mi padre esbozó la típica sonrisa que exhibía cuando no entendía lo que intentaba explicarle. Le acerqué una silla y corrí las cortinas.
—¡Siéntate! —gesticulé antes de apagar la luz.


Fuente:
Kader Abdolah. El reflejo de las palabras. Salamandra, 2006


AUDIOLIBRO  de Canciones olvidadas, de Kader Abdolah.

Fuentes:
ubikeuropa.eu/
www.elpais.com.uy
www.radioboeken.eu


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